por Isabelle Simard
Estuve tan absorbida que no me percaté que la madrugada calladita había reemplazado a la bulla urbana que me envolvía horas antes. Algún pequeño ruido desde el patio alcanzó así distraerme. Abandono mis lapiceros sobre el escritorio y estiro mi cuerpo encogido. Tomo contacto nuevo con la realidad; es tarde y no siento a nadie en la calle. Inmóvil en la silla presto oídos y no percibo nada; me esfuerzo en rescatar sonidos recónditos.
Scrach…scrach… ¡Eso es! ¡Un insecto se frota las patitas deleitándose frente a mis maceteros! Me levanto y echo un vistazo; reparo en una araña tejiendo una trampa para el día de mañana… en silencio.
En los poblados, más allá, escucharán ellos cosas de verdad: el ronquido de una manada de ovejas soñando con pastizales verdes; el incesante murmuro de cuyes en la cocina. Es una música armoniosa, de repente el canto de la vida misma, lo que envuelve a la gente de las afueras.
En la ciudad estamos rodeados de montes adornados con chacras y casitas techadas de tejas. Apenas levantamos la vista separamos majestuosos nevados que resaltan en un cielo sin fin con sus cumbres de nieve.
Más que vivir en la naturaleza, la miramos desde nuestra modernidad. La vendemos también en postales y pocas veces la recordamos si se trata de progresar. Es cierto que en la plaza sembraron césped americano y dispusieron bonitas flores en filas ordenadas, pero nunca reproducirán la armonía innata de esas matas silvestres que recorren los campos con ganas propias.
Apoyada mi cabeza en el marco de la ventana me acompaña el zumbido del foco ahorrador. Lo apago. Voy buscando constelaciones de estrellas más allá de las antenas de radiodifusión. Percibo el vaivén de la avenida; los auto-taxis regresan desde las discotecas del centro con fiesteros agotados y contentos.
Entre portones de metal y rejas, Canela y Balú esperan de un ojo la venida repentina de extraños noctámbulos mientras del otro, vigilan el pasar de los gatos nocturnos. Mis vecinos albergaron sus infancias en caseríos y dejan a sus perros afuera como lo hacían sus padres en el ayllu. ¡Hoy en día son otros los jaguares que peligran por la avenida 28 de julio! Flaco, el perro de nadie en la cuadra de todos, sueña más bien con el día de la basura.
El sol se enrumba con pasos decididos; desocupo la ventana y paso al baño a asearme antes de descansar lo que quedó de la noche. Me jabono la cara; es dulce la ilusión de que el agua con la que me enjuago proviene de un fresco manantial.
Wua… wua… ladra Flaco. Jalo la palanca del ‘water’…shusss. Emocionada dejo las cataratas del baño para apresurarme hacía la ventana. Grrrr…grr…grrrrrrr… ¡Allí viene! ¡Allí viene! ¡Por fin un poco de fauna en el barrio, no lo puedo creer…un oso! Priiit…priiit…pruuuuuut… ¡Oh no! El guachimán asustó a las vizcachas del sueño de Balú. Felizmente, divisando primero al depredador, Flaco pudo al fin corretear cosas de verdad.
Estuve tan absorbida que no me percaté que la madrugada calladita había reemplazado a la bulla urbana que me envolvía horas antes. Algún pequeño ruido desde el patio alcanzó así distraerme. Abandono mis lapiceros sobre el escritorio y estiro mi cuerpo encogido. Tomo contacto nuevo con la realidad; es tarde y no siento a nadie en la calle. Inmóvil en la silla presto oídos y no percibo nada; me esfuerzo en rescatar sonidos recónditos.
Scrach…scrach… ¡Eso es! ¡Un insecto se frota las patitas deleitándose frente a mis maceteros! Me levanto y echo un vistazo; reparo en una araña tejiendo una trampa para el día de mañana… en silencio.
En los poblados, más allá, escucharán ellos cosas de verdad: el ronquido de una manada de ovejas soñando con pastizales verdes; el incesante murmuro de cuyes en la cocina. Es una música armoniosa, de repente el canto de la vida misma, lo que envuelve a la gente de las afueras.
En la ciudad estamos rodeados de montes adornados con chacras y casitas techadas de tejas. Apenas levantamos la vista separamos majestuosos nevados que resaltan en un cielo sin fin con sus cumbres de nieve.
Más que vivir en la naturaleza, la miramos desde nuestra modernidad. La vendemos también en postales y pocas veces la recordamos si se trata de progresar. Es cierto que en la plaza sembraron césped americano y dispusieron bonitas flores en filas ordenadas, pero nunca reproducirán la armonía innata de esas matas silvestres que recorren los campos con ganas propias.
Apoyada mi cabeza en el marco de la ventana me acompaña el zumbido del foco ahorrador. Lo apago. Voy buscando constelaciones de estrellas más allá de las antenas de radiodifusión. Percibo el vaivén de la avenida; los auto-taxis regresan desde las discotecas del centro con fiesteros agotados y contentos.
Entre portones de metal y rejas, Canela y Balú esperan de un ojo la venida repentina de extraños noctámbulos mientras del otro, vigilan el pasar de los gatos nocturnos. Mis vecinos albergaron sus infancias en caseríos y dejan a sus perros afuera como lo hacían sus padres en el ayllu. ¡Hoy en día son otros los jaguares que peligran por la avenida 28 de julio! Flaco, el perro de nadie en la cuadra de todos, sueña más bien con el día de la basura.
El sol se enrumba con pasos decididos; desocupo la ventana y paso al baño a asearme antes de descansar lo que quedó de la noche. Me jabono la cara; es dulce la ilusión de que el agua con la que me enjuago proviene de un fresco manantial.
Wua… wua… ladra Flaco. Jalo la palanca del ‘water’…shusss. Emocionada dejo las cataratas del baño para apresurarme hacía la ventana. Grrrr…grr…grrrrrrr… ¡Allí viene! ¡Allí viene! ¡Por fin un poco de fauna en el barrio, no lo puedo creer…un oso! Priiit…priiit…pruuuuuut… ¡Oh no! El guachimán asustó a las vizcachas del sueño de Balú. Felizmente, divisando primero al depredador, Flaco pudo al fin corretear cosas de verdad.



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