Por Eber Zorrilla Lizardo
Sentía mucha cólera porque no dejaba de pensar en ti, Justina. Tú no me querías, al Mardonio sí. Me despreciaste de la peor manera. De mi lado, riendo todavía, te fuiste con él y cuando te estuve viendo se desaparecieron por los chirimoyos y paltos, allá cerca del cementerio. Allí mismito te dejaste tumbar, Justina, levantando tu pollera te dejaste besar y morder.
A esas horas ya los rayos del sol iban calentando la mañana. Y en una de esas, como en un sueño, escuché – tegtegtegtegtereg –. Era la gallina negra de mi mamita, que estaba empollando hace una semana. El cacareo era como si vendría del más allá, con un tono de burla y melancolía a la vez. Allí mismito no sé qué me pasó. Sentí como si empezara a hervirme la sangre. Entonces me dije en mis adentros – ¡Justina!, a mí no me quieres, pero al Mardonio sí. Corrí tras la gallina, la tomé entre mis brazos… Me percaté que nadie me viera y empecé a hacerle el amor. La gallina aleteaba con fuerza, su diminuto cuerpo se retorcía y sus ojos se nublaban (pero eso sí, carajo, no sé si era de placer o de dolor) Después de un rato, el aleteo ya era débil y moribundo, y en uno de esos, lanzó un último cacareo y expiró, yo sólo atinaba a repetir - ¡Justina!, tú no me quieres, al Mardonio, sí…
Ella estaba entre mis brazos, sin aliento, pero aún una sangre caliente recorría su cuerpo. Recién tomé conciencia de lo que acababa de hacer. Me asusté demasiado, sentí como si mi alma se apartara de mi cuerpo. En ese instante sólo atiné a dejar la gallina sobre un montón de leña y corrí a buscar mi poncho y una soga, salí corriendo desesperadamente.
Al mediodía, llegué con mi atado de leña. Justo en esos instantes mi mamita llamó para sentarnos a la mesa, era hora del almuerzo. Mi papá, como de costumbre, se sentó al medio, sobre un poyo grande, a los extremos mis hermanitos y yo.
Mamá nos sirvió papas calientes, mote y caldo de gallina. Mi padre inició el banquete, yo sólo atinaba a observar.
Mi mamita me miraba con un poco de recelo.
- ¿Rómulo, por qué no comes? ¿Acaso estás enfermo hijito?
- No es eso mamita.
- Come hijito es la gallina negra que estuvo empollando. Se había muerto desangrada la pobre…
Al escuchar a mi madre, agarré la cuchara y comencé a tomar el caldo. De pronto sentí como si una ráfaga traspasara mi cuerpo. Mi madre me había servido la rabadilla. Cerré los ojos y comencé a comer a grandes bocados…
Ahora, a decir verdad, ya me olvidé de ti, Justina, pero ya no puedo olvidar a las gallinas. Con decirte que ahora nos quedan sólo siete de las treinta que teníamos. Es que, carajo, las gallinas se entregan a uno hasta la muerte, pero las mujeres, se entregan sólo por un momento.
A esas horas ya los rayos del sol iban calentando la mañana. Y en una de esas, como en un sueño, escuché – tegtegtegtegtereg –. Era la gallina negra de mi mamita, que estaba empollando hace una semana. El cacareo era como si vendría del más allá, con un tono de burla y melancolía a la vez. Allí mismito no sé qué me pasó. Sentí como si empezara a hervirme la sangre. Entonces me dije en mis adentros – ¡Justina!, a mí no me quieres, pero al Mardonio sí. Corrí tras la gallina, la tomé entre mis brazos… Me percaté que nadie me viera y empecé a hacerle el amor. La gallina aleteaba con fuerza, su diminuto cuerpo se retorcía y sus ojos se nublaban (pero eso sí, carajo, no sé si era de placer o de dolor) Después de un rato, el aleteo ya era débil y moribundo, y en uno de esos, lanzó un último cacareo y expiró, yo sólo atinaba a repetir - ¡Justina!, tú no me quieres, al Mardonio, sí…
Ella estaba entre mis brazos, sin aliento, pero aún una sangre caliente recorría su cuerpo. Recién tomé conciencia de lo que acababa de hacer. Me asusté demasiado, sentí como si mi alma se apartara de mi cuerpo. En ese instante sólo atiné a dejar la gallina sobre un montón de leña y corrí a buscar mi poncho y una soga, salí corriendo desesperadamente.
Al mediodía, llegué con mi atado de leña. Justo en esos instantes mi mamita llamó para sentarnos a la mesa, era hora del almuerzo. Mi papá, como de costumbre, se sentó al medio, sobre un poyo grande, a los extremos mis hermanitos y yo.
Mamá nos sirvió papas calientes, mote y caldo de gallina. Mi padre inició el banquete, yo sólo atinaba a observar.
Mi mamita me miraba con un poco de recelo.
- ¿Rómulo, por qué no comes? ¿Acaso estás enfermo hijito?
- No es eso mamita.
- Come hijito es la gallina negra que estuvo empollando. Se había muerto desangrada la pobre…
Al escuchar a mi madre, agarré la cuchara y comencé a tomar el caldo. De pronto sentí como si una ráfaga traspasara mi cuerpo. Mi madre me había servido la rabadilla. Cerré los ojos y comencé a comer a grandes bocados…
Ahora, a decir verdad, ya me olvidé de ti, Justina, pero ya no puedo olvidar a las gallinas. Con decirte que ahora nos quedan sólo siete de las treinta que teníamos. Es que, carajo, las gallinas se entregan a uno hasta la muerte, pero las mujeres, se entregan sólo por un momento.



1 comentario:
Es fuerte, polémico, eso me gusta en un relato, !Felicitaciones!
ROXANA GHIGLINO.
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