por Daniel Gonzáles Rosales
Qué lleva a una mujer joven y hermosa, a destruir una flor ante los ojos de los demás. O frente a mí que parezco el blanco de su acto, porque soy el único que puede ver cabalmente lo que acontece en sus manos (sus compañeros no separan la vista de la maraña de preguntas).
La veo ahí, sentada en una silla final, deshojando esa flor (o lo que queda de ella). Llegó un poco tarde al examen final del curso que lleva conmigo en la universidad —justo tras de mí. Sus manos cogieron, temblonas, los pétalos que fueron cayendo una a una en lapsos cada vez más prolongados.
Quizá nunca le regalaron una, así que decidió regalársela a sí misma; pero al reflexionar sobre lo ilógico del gesto y de lo absurdo y desfachatado que resultaba aquello, le quedó solo deshacer esa mentira, y lógicamente romper, pétalo a pétalo, la flor.
Tal vez no fue entregada por la persona esperada. La recibió porque el momento y el lugar no le permitieron realizar un desplante. O la cogió sin pensarlo, en abstracción, por un simple error. Luego, cayendo en cuenta sobre el absurdo de aceptarla de una persona que no existía en su mundo o que apenas conocía, se deshacía, apenada, de ella.
O la recibió de la persona amada —que parece más evidente—; aquella que le causara algún daño, y que después intentara apaciguar el hecho y disculparse, empezando con esa flor. La recibió porque esas palabras sonaban cargadas de convicción y sinceridad. Pero luego que sopesando las palabras y la flor con el daño causado cayera en cuenta de que no merecía el perdón, empezó a destruir y destruirse con la flor; aunque se desgarrara de a poquito el amor que cultivaran para caerse hoy en pedacitos, produciendo las lágrimas que no se decidían a salir libremente por la circunstancia (y las personas que la rodeaban) o porque no quería mostrar todo su dolor. Por eso el acto en el aula, parsimonioso y doloroso a los ojos de quien pudiera observarlo: las lágrimas eran los pétalos de flor.
O no supo cómo lo hizo, pero estuvo deshojándola hasta el final. Cayó en el hecho cuando ya era demasiado tarde. La reacción la hizo sentirse más triste. Pues ya estaba nuevamente sola, como desde siempre. Y sin poder compartir, con alguien, su pena. La hubiera podido consolar si las reglas lo permitieran fácilmente, no quise romper los protocolos sociales.
Es hermosa como el mediodía. Andina y sonriente. No la había visto así jamás.
Di la orden de entrega sabiendo que ni siquiera había cogido el examen. Supo que yo la observaba; se marchó en silencio.
Vi la flor regada en el piso; recogí sus pedazos. Quise recomponerla; lo intenté: decir que lucharía, que solo esperara. Pero algunos actos: el vivir a escondidas, el transgredir los contratos sociales, el tener un hijo en la clandestinidad o romper un matrimonio; entre otras cosas, eran ahora con lo que debía luchar.
Qué lleva a una mujer joven y hermosa, a destruir una flor ante los ojos de los demás. O frente a mí que parezco el blanco de su acto, porque soy el único que puede ver cabalmente lo que acontece en sus manos (sus compañeros no separan la vista de la maraña de preguntas).
La veo ahí, sentada en una silla final, deshojando esa flor (o lo que queda de ella). Llegó un poco tarde al examen final del curso que lleva conmigo en la universidad —justo tras de mí. Sus manos cogieron, temblonas, los pétalos que fueron cayendo una a una en lapsos cada vez más prolongados.
Quizá nunca le regalaron una, así que decidió regalársela a sí misma; pero al reflexionar sobre lo ilógico del gesto y de lo absurdo y desfachatado que resultaba aquello, le quedó solo deshacer esa mentira, y lógicamente romper, pétalo a pétalo, la flor.
Tal vez no fue entregada por la persona esperada. La recibió porque el momento y el lugar no le permitieron realizar un desplante. O la cogió sin pensarlo, en abstracción, por un simple error. Luego, cayendo en cuenta sobre el absurdo de aceptarla de una persona que no existía en su mundo o que apenas conocía, se deshacía, apenada, de ella.
O la recibió de la persona amada —que parece más evidente—; aquella que le causara algún daño, y que después intentara apaciguar el hecho y disculparse, empezando con esa flor. La recibió porque esas palabras sonaban cargadas de convicción y sinceridad. Pero luego que sopesando las palabras y la flor con el daño causado cayera en cuenta de que no merecía el perdón, empezó a destruir y destruirse con la flor; aunque se desgarrara de a poquito el amor que cultivaran para caerse hoy en pedacitos, produciendo las lágrimas que no se decidían a salir libremente por la circunstancia (y las personas que la rodeaban) o porque no quería mostrar todo su dolor. Por eso el acto en el aula, parsimonioso y doloroso a los ojos de quien pudiera observarlo: las lágrimas eran los pétalos de flor.
O no supo cómo lo hizo, pero estuvo deshojándola hasta el final. Cayó en el hecho cuando ya era demasiado tarde. La reacción la hizo sentirse más triste. Pues ya estaba nuevamente sola, como desde siempre. Y sin poder compartir, con alguien, su pena. La hubiera podido consolar si las reglas lo permitieran fácilmente, no quise romper los protocolos sociales.
Es hermosa como el mediodía. Andina y sonriente. No la había visto así jamás.
Di la orden de entrega sabiendo que ni siquiera había cogido el examen. Supo que yo la observaba; se marchó en silencio.
Vi la flor regada en el piso; recogí sus pedazos. Quise recomponerla; lo intenté: decir que lucharía, que solo esperara. Pero algunos actos: el vivir a escondidas, el transgredir los contratos sociales, el tener un hijo en la clandestinidad o romper un matrimonio; entre otras cosas, eran ahora con lo que debía luchar.



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